Artículos de Alfonso Piñeiro, publicados o impublicables
En tres retazos
Al mismo que me condena Articulos de Alfonso Piñeiro, publicados en cualquier soporte, con memoria o sin fortuna, que llegaron o que no quisieron quedarse... y algún experimento de periodista que busca su espacio en la red
ContraTitulares Primera experiencia blogger. Única referencia durante mucho tiempo con ese término en Google. La aventura terminó cuando dejé Madrid por Albacete... pero cualquier día regresará
El verano es sinónimo de pereza. Se trabaja menos, se produce menos ocio, todo se hace de forma más relajada... Encima en Ciudad Real y provincia, mesetosa ella, hace un calor alienante que nos recalienta (aún más) el cerebro y nos sumerge en una situación de coma que no desaparece hasta bien entrado septiembre. Así, los meses de verano son los idóneos para que en Ciudad Real tengan lugar las mayores invenciones. Y es que Ciudad Real, en verano, huele a impostura.
Julio empieza con el Festival de Teatro Clásico de Almagro, una cita obligada y obligatoria para cualquier ciudadrealeño, que, aunque no pise un solo teatro durante todo el año, ha de ir al menos una o dos veces a Almagro para dejarse ver por ahí y presumir de haber estado. Lo que más gracia me hace de este mes en Almagro es comprobar cómo mucha (muchísima) gente que a diario va en vaqueros se planta un vestido de noche para ir al teatro pagando no menos de 20 euros por una obra cuya entrada no pasa de los 10 euros el resto del año en cualquier otro teatro. Pero, como dijo Antonio Machado, es de necios confundir valor con precio, y en esa confusión mete el Festival al público para que se gaste una pasta, algo que también contribuye a que el teatro se convierta en un producto sólo apto para gente de gran nivel adquisitivo, como pasa, por ejemplo, con la ópera. Y claro, la gente va a la ópera con sus mejores galas y trajes de noche, así que en el teatro igual. Hay otro hecho bastante divertido vinculado a las grandes galas que desfilan por Almagro, y es el empeño de mucha gente en aparentar sofisticación. Una persona puede decir que no se lee un solo libro en todo el año, pero pobre de aquel que se atreva a admitir que no pisa Almagro en verano para ver alguna obra, ya que ése será mirado con los terribles ojos del que lo acusa de inculto aunque a él mismo la cultura le importe un rábano. Y esto de que a una persona le importe un rábano la cultura es total y perfectamente legítimo, pero lo de ir por la vida de algo que no se es está muy feo. Además, es curioso que la gente vaya al teatro disfrazada de cultureta si tenemos en cuenta que los orígenes del teatro no son muy cultos que digamos: en la época clásica, el teatro estaba destinado al populacho (que nadie se me ofenda), que iba al teatro como quien va ahora al fútbol. Todo esto a lo largo de las cuatro y cinco horas que duraba la obra (no como ahora, que los directores meten tijera para que aquello no dure más de dos horas). La gente se pasaba en el teatro la tarde entera con su comida, su bebida y todo lo que se preciase. ¿Que algo le hacía gracia? Pues se reía sin complejos y a mandíbula totalmente abierta.¿Que algún diálogo le llamaba la atención? Interrumpía a los actores y soltaba lo primero que se le pasase por la cabeza. Por ello es gracioso observar que a día de hoy, en los teatros, si alguien se pone a comentar la obra a su compañero de silla, todos lo miramos con desprecio mientras condenamos enérgicamente que esta persona no sepa disfrutar de la cultura en silencio. Por ello, sería difícil haber visto en el siglo XVI a un sanchezdragoniano en el teatro. Lo dicho, pura impostura.
En el límite entre julio y agosto en Ciudad Real tenemos la Pandorga, una fiesta supuestamente rescatada de una tradición evidentemente inventada. Y es que en Ciudad Real no nos andamos con chiquitas, oiga; si no tenemos tradiciones molonas, nos las inventamos y no pasa ni media. Se enmarca todo dentro de la campaña de plagio y derribo mediante la que nos estamos fraguando una nueva y fastuosa identidad a base de copiar la Semana Santa de Sevilla, inventarnos nuevas fiestas en puentes olvidados o ‘recuperar’ tradiciones que en realidad nunca existieron.
Pero lo mejor está por llegar. O qué se creen, que el mes del folklore no ha hecho sino empezar. ¿Qué mayor orgasmo hay para una localidad que las fiestas en honor de su honorabilísima patrona? En nuestro caso es la Virgen del Prado, a la que rendimos culto no por devoción, ni por la crisis, ni por tontunas de ésas, sino como defensa legítima frente al ataque socialista al catolicismo. ¿Se acuerdan de las cruzadas? Pues algo parecido, sólo que bastante más rancio.
En realidad, pese a que julio y agosto son meses de hastío para la mayoría, hay una poderosísima minoría que realmente hace su agosto. Entre el Festival de Seguidillas, el de Folklore, las fiestas en honor a la Virgen del Prado y alguna cosita más, el Ayuntamiento suelta de forma encubierta terribles cantidades de dinero a todos aquellos colectivos amigos que, grandes o pequeños, pueden ejercer una terrible presión y crear más de un conflicto si se cabrean. De este modo, los amigotes (hermandades, grupos folklóricos, cofradías...) se ganan unas pelillas sin ningún tipo de rubor, sobre todo en la feria, con subvenciones encubiertas que el Ayuntamiento ejecuta mientras los ciudadrealeños dormimos la siesta. Con calurosidad y alevosía.
En la novela negra, la noche suele ser el marco ideal para que los malos hagan sus fechorías. En Ciudad Real somos más listos y jugamos a los engaños y a las imposturas en verano, cuando los cerebros están aún más dormidos que en cualquier noche de diciembre.
* Carlos Otto-Reuss es periodista y analista de medios, editor de www.ottoreuss.com y colaborador en múltiples cabeceras digitales.
Ala mayoría de los españoles no les molesta un crucifijo en las aulas, dice la Cospe, para justificar que los obispos vuelvan a caer en la connivencia con los postulados más retrógrados del Partido Popular. A mí, de manera escueta y sucinta, tampoco me molesta, a pesar de que el gran negocio de Roma lleve 2.000 años jinchándose a base de meternos el miedo y sacarnos los cuartos.
No, el crucifijo tal cual, amiga María Dolores, cardenal Amigo, Papa de los cardenales, no me molesta. Más bien me la trae floja: oigan, los chavales con más entendederas saben ya, desde los cinco años, que Caperucita Roja se trajinaba al cazador y que, sotana más sotana menos, se puede estar a dios rogando y con el cimbrelillo dando. Así que no hay cruces que se interpongan en su educación, por llamarle de alguna manera a lo que las Logses, las Loces y las Loes han hecho con la enseñanza, hubiera o no hubiera crucifijos con los que espantar a la chavalada.
Lo que me fastidia sobremanera es que la mayoría de los españoles, de este pueblo ingrato y falto de memoria, tan amigo del rencor como de la picaresca, hayan estado siempre dispuestos a morder la bicha –y lamer la picha– de sus mandatarios...
... A hacerles la tres catorce, pero siempre de boquilla; porque en el fondo se arrodillan y practican la genuflexión. Y claro, los que parten el bacalao, que para eso son también españoles, hacen vivaqueo antes que política, sabedores de que hay una opinión pública maleable, amorfa y sin criterio. Española. Pero eso sí, con crucifijo. Siempre con crucifijo.
La mayoría de los españoles, y cuando digo mayoría hablo de turbamulta, de masa, y no de compatriotas, cometió hace 200 años la parvada de salir en tromba a defender sus costumbres premedievales frente a las ilustradas tropas del bonapartismo. Lo que tan bien describió Pérez-Reverte en Una Intifada de navaja y machetazo: “en 1808 –o unos años antes, cuando todavía era posible, quizás, una guillotina en la Puerta del Sol– los españoles nos equivocamos de enemigo. Error del que, doscientos años después, todavía pagamos las consecuencias”, según cita recogida en Wikipedia.
Es decir, a la mayoría de los españoles no le molestó, en 1812 ni en 1823, que continuara el poder escalofriante del monarca más absoluto y más funesto de la siempre nefasta historia borbónica, Fernando VII. Porque él portaba el crucifijo, mientras que el invasor francés extendía la laicidad: el César a un lado, y dios al otro. Han pasado dos centurias, y ni los pepos extremos ni los jerifaltes beatos se enteran de la misa la media.
Disculpen las “molestias”, pero me permito recordar que tampoco molestó a la mayoría de los españoles, qué cosas, expulsar a los moros o arrinconar a los judíos, gracias a los cuales esta Iberia tuvo acceso al álgebra, el tratamiento de aguas, las finanzas, la obra civil y la medicina; por no hablar de las aportaciones literarias, musicales y de organización territorial. Bienes que después, esa misma mayoría, esa misma mano oculta, pagó con exterminios, persecuciones y, cómo no, faltaría más, crucifijos. Muchos crucifijos. Millones de crucifijos.
No le molestó, a la mayoría de los españoles, que las fuerzas monárquicas y mojigatas fueran con el susto del vasallaje por los campos españoles en el año 1931, elecciones ganadas en minoría por los republicanos de aquí. 77 años después, los republicanos de allí, los de EEUU, repiten la misma historia: Obama se impone donde acampan la cultura, la urbe, la amplitud de miras, el cosmos y la polis; y McCain se hace fuerte allí donde impera el silencio, la rudeza, el golpe al pecho y la fe, es decir, el crucifijo; siempre el crucifijo. Monárquico, creacionista o anglicano, siempre hay un crucifijo dispuesto a ser utilizado cual saeta contra el ser humano librepensador, independiente y sin más dios que el dictamen de su conciencia.
No. A la mayoría de los españoles no le molestó que desde el año 1997 las conversaciones en público del “qué barbaridad, donde va a llegar la vivienda”, se quedaran en privado en un “a ver si pillo el próximo chollo”. Como tampoco les molesta ahora que el festival haya tocado a su fin: la culpa es de ZP, y con eso basta. Y sobra. Pero con crucifijo, muchacho, muchacha, no te olvides nunca. Ten fe, y dios proveerá.
Amiga, Amigo: a la mayoría de los españoles sí les molestó no saber qué carajo se nos había perdido en Bagdad, y entonces ustedes no hicieron ni puñetero caso. Pero nos pidieron, como hoy, fe. Devoción. Así que por mí, sin acritud alguna, pueden meterse el crucifijo por el orificio de la verdad que les dejó el primo Bin Laden en El Pozo, Santa Eugenia y la estación de Atocha. Y ahora, a rezar.
Y catapum, chimpún, han pasado tres años desde que se echó el Vaticano a las espaldas. Vaya forma de celebrarlo que tiene el Santísimo: dejándose ese cuerpo serrano y alemán (achtung: tenía seis años cuando Hitler subió al poder), por la tierra del único gran imperio vivo, con permiso de la Nación del Islam: Estados Unidos. Los de América, por si hubiere dudas.
Además de aniversario oficial, el Inquisidor supremo ha cumplido 81 añitos de frescura y lozanía sin igual. Deben ser, son, los años de estudio teológico, la vida de erudito de las cosas de Dios, que es aquello que lo inmaterial vuelve material para que pueda ser aprendido. Ejemplo práctico: un credo se reza en el tiempo en el que se cocina un huevo pasado por agua. Pues eso: vestir de filigrana intelectual unas cuantas verdades indiscutibles que ya quisieran para sí los creadores de opinión (a), o los autores de la propaganda política (b). Que, a lo mejor y después de todo, resulta que (a) y (b) son la misma basura. Léanlo con la boca pequeña, que nunca se sabe quién está al acecho en el café de al lado de la barra.
El inquilino de San Pedro me ha vuelto a dejar medio tibio. Bluff. Le he visto a lo largo de todo el quinto día de la semana (el viernabadingo, como bien lo denomina mi buen y madrileño amigo Krusty), y tenía cierto rayito de esperanza, cierta fe de ex cristiano renqueante. El motivo: las consecuencias posibles del tour por la yankeelandia del bueno de Biendicho. (Adenda: el nombre papal latino del elemento, traducido alla brava, es como el apellido de don Carlos, el presidente de la Plataforma Popular Gay, el mismo que un corte de radio que circula por Internet convierte en verdad el rumor acerca de un gallego que manda mucho en el PP. Qué cosas).
No se me pierdan. Estábamos con Benedictus y su paseíllo con los globetrotters de la Curia. El dieciseisus de los Benitos romanos ha cerrado su glorioso periplo en la “zona cero” de Manhattan. Allí donde dos aviones tiraron por los suelos la imaginería del poder financiero. Y donde 3.000 inocentes pagaron con su vida las batallas de aquellos que nunca conocerán el olor de la sangre derramada. Por algo es irrebatible aquella máxima de que las guerras las organizan unos que se conocen pero que no se matan, y las realizan otros que no se conocen pero que acaban matándose entre ellos. Y si quieres saber más, alístate. Basta con echarle un vistazo a Farenheit 9/11 para saber cómo se las gastan los reclutadores de recursos humanos militares en los iueséi.
Como les decía, tenía cierta gana de ver cómo se las gastaba en la broma nacional dirigida por G.W. Bush el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Lo mismo, pensé, le da por pegarle un tirón de orejas: oye, tito, mira que te digo, en Irak ya han caído tantos como en tus queridas Twin Towers, y ya no te tiembla el pulso como aquel fatídico martes, cuando estabas leyendo un libro de cuentos infantiles. Y lo leías ¡del revés! Ibas fino, fino. Vaya chutazo que te dio la noticia: “América está siendo atacada”.
Lo mismo, se me ocurrió al ver las imágenes del Papa en la ONU, le recuerda al vaquero texano que su país se ha saltado a la torera taytantas resoluciones de las Naciones Unidas que le piden a Israel que relaje la pestaña. O le mete en la llaga del costado el molesto recuerdo de la 1441, de la que se escojonciaron cuanto quisieron los amigos de la guerra y algún que otro difunto actor, que en paz descanse, que confundía el onanismo con la Asociación del Rifle.
Y no. Ratzinger va y se despacha con un rezo “por los que fallecieron y por los que sufren las consecuencias de la tragedia que tuvo lugar en 2001, y por Estados Unidos, para que el futuro traiga una mayor solidaridad, un creciente respeto recíproco y una renovada fe”. Ahí, con un par. Como ha acostumbrado a hacer la de Babilonia desde hace 1.695 años, cuando descubrió en Milán qué podía pasar si alguien se ponía del lado de quien corta el bacalao. Y tan tranquilo. Aquí no ha pasado nada. Con tanto cristiano que se partió la cara, y que se la parte hoy, para combatir las injusticias.
Por si no tenía suficiente, don Joseph se congratula por haber sido “testigo de la fe y la devoción de la comunidad católica de esta nación”. Fe en la moralina, devoción de carne quemada en cada corredor de la muerte. Y esto era el amor al prójimo como a uno mismo.
Eso, Benedicto. Tú, a lo tuyo. No vaya a ser que alguien te confunda con la saga Bin Laden. De hecho, no lo harán: la familia de Osama tiene infinitas más opciones de influir en la política estadounidense que tú. Business are business. Así que sí. Mejor, sigue rezando.