Artículos de Alfonso Piñeiro, publicados o impublicables
En tres retazos
Al mismo que me condena Articulos de Alfonso Piñeiro, publicados en cualquier soporte, con memoria o sin fortuna, que llegaron o que no quisieron quedarse... y algún experimento de periodista que busca su espacio en la red
ContraTitulares Primera experiencia blogger. Única referencia durante mucho tiempo con ese término en Google. La aventura terminó cuando dejé Madrid por Albacete... pero cualquier día regresará
Primera columna de la nueva versión de www.confidencialba.com, de inminente puesta en marcha
Deseo con toda mi buena razón y mi mayor fe, que es poca en parte por culpa de quienes pregonan lo de “arrodillaos hijos, arrodillaos siempre”, que el escándalo destapado por Wikileaks se convierta en un “viral” con mucha más fuerza de la que ya ha generado. Me refiero a la matanza del Apache en uno de esos paraderos en los que Cristo perdió el mechero y el Tío Sam el petróleo, y a donde mandan a pobres marineritos yankees de medio pelo, media casta, media hipoteca y media clase social –que no clase social media– a jugarse el pellejo por los caprichos de los halcones que mandan en la América “de las libertades”.
Se lo puse a una amiga en su perfil de Facebook días atrás, tal cual se lo cuento ahora a ustedes. Si no han visto el vídeo, están tardando en hacerlo. Sigan este enlace –si sobrevive a la censura, que no existe, pero como las meigas haberla hayla–, y juzguen por sí mismos. Dura 17 minutos. Pero pesan como 17 segundos. Echo Charlie Bravo, fucking bastards, shit, fire, ratatatá. Fulminados 11 civiles, dos niños heridos. Y la mala sangre de saber que los que disparan son de nuestro bando, es decir, el de “los buenos”.
Sí. Que se convierte en viral. Que siente a la Administración Bush al completito y sin distinción por razón de sexo, edad, género o color de piel, en el banquillo de los acusados del Tribunal Penal Internacional. Si aquí tenemos la santa huevera de sentar en el banquillo al juez Garzón porque dos organizaciones ultras dicen que se pasan por el forro la Amnistía de 1977, digo yo que no será tan difícil combinar metralletas, Apaches, rangos militares y acabar apretándole el pescuezo y la conciencia a George Walker Bush, y a la plétora de compañeros de pelota del patio de colegio del Gobierno estadounidense.
(Los nostálgicos de tiempos remotos que quieren apartar las “sucias manos” de Garzón de la judicatura ignoran, por cierto, que la Amnistía en la que se pretenden amparan no tiene rango superior a la Convención Internacional sobre la Protección de las Personas Físicas contra las Desapariciones Forzadas, firmada por España en 2009. Si quieren saber por qué, lean este fantástico análisis publicado en Periodismohumano.com).
Cuando ante el tribunal, los arrepentidos contaron estos y otros asuntos semejantes tratando de vencer la incredulidad de los jueces, dieron una explicación que es una síntesis inigualable: "Señor juez, aquí follar es peor que matar. Es mejor que mates a la mujer de un jefe; a lo mejor te perdonan. Pero si follas con ella, estás muerto". Amar, decidir hacer el amor, besar, hacer un regalo, sonreír, tocar una mano, intentar seducir a una mujer o ser seducido puede ser un gesto fatal. El más peligroso. El último. En un lugar donde todo es ley implacable, los sentimientos y las pasiones que no conocen reglas son, más que cualquier otro factor vital, una condena a muerte.
¡Hoy, después de Tarantino, ya no saben disparar como Dios manda! Ya no disparan con el cañón recto. Lo tienen siempre inclinado, hacia abajo. Disparan con la pistola torcida, como en las películas, y esta costumbre provoca desastres. Disparan al bajo vientre, a las ingles, a las piernas; hieren gravemente sin llegar a matar. Así, siempre se ven obligados a rematar a la víctima disparando en la nuca. Un charco de sangre gratuito, una barbarie del todo superflua a los efectos de la ejecución.
Así se lo dijo en cierta ocasión un veterano de la policía científica de Nápoles, mientras le explicaba cómo los killers de la Camorra imitan a los de las películas...
Al revisar estas líneas, me da por pensar si a la actual manera de entender la prensa no le sucede algo parecido. La revisión diaria de la agenda de actos de políticos y demás líderes sociales arroja saldos insoportables de compaciencia y compadreo. Por cierto, "compadre" es el título original que se daban entre sí los jefes de la Camorra napolitana, en lugar de "padrino", una traducción poco filológica del inglés Godfather.
En ese ritmo flojeras de información, los periodistas ya no saben disparar como el oficio ha manado de siempre. Podría decirse que después la serie de José Coronado (no, desde luego, después de Todos los hombres del presidente), disparan con el cañón hacia abajo, y preguntan por el vientre, por las ingles, por las vísceras, por el morbo. Pero no por el fondo, por la crítica, por la certeza de los datos, por la proyección, por lo que demanda el público.
De ahí la constante separación entre prensa y audiencia: cada vez más lejos, cada vez más irreconocibles, mientras la legión de los periodistas-bloggers crece, para desesperación de quienes se quedaron en el siglo XX reivindicando el corporativismo del título universitario, y denunciando el intrusismo, como única arma para blindar su trabajo. Ignoran que a la profesión le acechan otros males.
Por eso se ven siempre obligados a rematar sus noticias disparando en la nuca del lenguaje, provocando una sangría de verbos innecesaria, una barbarie de superficialidad, conformidad, complicidad y justificación de todo por nada; frente a la dicadura de las inserciones publicitarias no oponen más que su jornal mileurista y los titulares precocinados de los gabinetes de prensa: Mengano dice, Zutano asiste, Fulano inaugura. Y noticia no es, o no sólo es, y desde luego no siempre es, quién dice, quién asiste o quién inaugura. Será, siempre y en todo caso, qué se dice, qué sucede allí donde se asiste, o qué hay de nuevo en aquello que se inaugura. En definitiva, qué es lo oculto, y no lo que todo el mundo puede ver.
Veo el tarantino-periodismo mientras me adentro, cada día, en las procelosas aguas de un medio digital, a medias entre blog y web, con un nutrido y admirado grupo de beta testers, que con paciencia y buena letra me dicen qué puede mejorar, qué falta o qué sobra en Confidencialba. Y me pregunto si no llegará también el momento en que la presión, la necesidad monetaria o el simple hartazgo de l'omertá me convierta en algo muy similar a ello, aunque cambiando las consonantes: no un beta tester, sino un teta bester. Es decir, el que mejor chupe de la teta. De la que dé mejor leche. De la que mane el compadreo infinito. Del bolsillo acolchado, cómplice y amamantado. Ay, Saviano, hijo mío, qué de fantasmas haces ver.
Suerte ésta de la memoria. Selectiva, claro. Qué remedio. Cada cual con su cruz y el sonrojo en casa de todos. Tres años, 1995, 2001 y 2008 se me cruzan como una ráfaga en la conciencia al escuchar la historia del chico de 23 letras que se acaban de cepillar en Grecia, Alexandros Grigoropoulos.
El director del Máster de la Universidad Complutense de Madrid, un cruce entre dandy británico y comunista italiano llamado Alejandro Pizarroso, explica en sus clases que la democracia, como cualquier sistema político, se encauza a través de la gran P de la Persuasión. Es decir, el conjunto de sistemas y valores que hacen posible organizar la “p” pequeña y la “v” pequeña. Esto es, la propaganda y la violencia.
Desde ese punto de vista, cualquier sistema político se organiza a través de una propaganda institucional, que utiliza para autopropugnarse como en el mejor de los posibles de organización de la convivencia. A su vez, encomienda el uso legítimo de la violencia a un sistema policial y/o militar encargado de entrar en acción cuando la “p” pequeña no sirve para acomodar la gran P al conjunto de corrientes y contracorrientes que conforman una sociedad.
Ignoro si la contracorriente que está generando en Grecia el fin de la fiesta especulativa, inmobiliaria y financiera es lo suficientemente fuerte como para poner a prueba la resistencia del triángulo del poder. Pero sí sé que el ejercicio legítimo de la violencia a cargo del Estado no es siempre como nos la cuentan.
El mismo escalofrío que me recorre la espalda al conocer la muerte de Grigoropoulos me sacudió en julio de 2001 cuando un muchacho, cuyo único mal conocido era hacer frente a la gran “P” de la cumbre del G-8, falleció bajo las ruedas de los carabinieri. Estos últimos tenían miedo, pero Carlo Giuliani, a diferencia de los policías italianos, y de los griegos, ya no puede contar su versión de la historia. Saberse cómplice uniformado de un asesinato de Estado no debe ser agradable. Pero saberse muerto, a fuer de no tener señoría a quien narrarle la historia, debe serlo mucho menos.
La historia de la “v” pequeña no es como nos la cuentan. Hace 13 años me vi enredado en una buena tunda en las céntricas, tramposas y conservadoras calles del centro de Madrid. Se lo cuento. Pecadillos de juventud, pero pagaría por volver a incidir en ellos.
El motivo de la manifestación no era precisamente legal: se buscaba defender la continuidad de una casa okupa (qué ocurrente hablar de eso ahora, justo ahora, que la vivienda ha pegado un petardazo). Las intenciones de quienes acudían a ella, si me apuran, tampoco: no faltó la instrucción de que acudiéramos cargados con pilas en los bolsillos. Quien suscribe, y quienes le acompañaron, no llegamos a tanto.
Si ilegal era el motivo y la intención, no menos ilegítima era la brutalidad de la respuesta que nos esperaba uniformada. Aquello parecía un pueblecito castellano de los de tres vacas por habitante, sólo que en su versión de número de agentes por jovenzuelo. La dispersión fue más rápida que la entrada de los marines meid-in-iu-es-ei en Bagdad. Así que, greñúos y apaleados, no nos quedó otra que pasear por las calles matritenses.
Pero ellos, los que luego figuran como heridos en los recuentos oficiales de los encontronazos, no tenían bastante. Nos persiguieron por la derecha y por la izquierda, con radar y con olfato de perro de presa. Tratando de zafarnos de una represión kafkiana, vimos pasar a nuestras espaldas, calle perpendicular, siete y media de la tarde, frío de noviembre, a una de aquellas “lecheras” pánico de antisistemas y demás aprendices de brujería izquierdista.
Pasó de largo… segundos después, daba marcha atrás y enfilaba por nuestra calle. Nosotros, jóvenes e indocumentados pero con bastantes menos lumbreras que las de García Márquez, optamos por aquello tan castizo de “to er mundo é güeno”, y nos dio por acudir al socorro del vecindario. Se lo dejamos en bandeja. A huevo. Mejor imposible, con el permiso de Jack Nicholson. Se hicieron llegar hasta el portal por el que nos habíamos colado, señora ábranos por favor. “¿Por qué?”. Porque nos sigue la poli. Joder con la respuesta. “Pepe, echa la cadena, y llama a la policía”.
Ellos, los agentes, nos hicieron pasillo en la escalera, en el rellano y en cuantos puntos quisieron de camino a la calle. Pim. Pam. Ostia en la cara. Bollo en la espalda. Brecha en la cabeza. No pidieron los carnets. No nos llevaron detenidos. Sólo nos golpearon. Y no salió en la prensa. No hubo versión oficial. Tampoco contraoficial.
Que ahora la universidad, el partido comunista griego y la juventud mileurista, precaria y cabreada ponga en jaque a la “v” pequeña de la gran “P” no me parece del todo desacertado. Quizá no tienen razón. Pero es para mosquearse. Y para dar, de una vez, la otra versión. La de los palos gratuitos y los mitos de Starsky y Hutch.
Con mis respetos a las fuerzas y cuerpos de seguridad, constituidas, en su inmensísima mayoría, por profesionales que se dejan la piel día a día por garantizar los derechos y deberes reconocidos y exigidos en la Constitución Española de 1978.
Pos qué bonicos que están todos con sus banderitas, sonriendo al millón cuatrocientos mil “voluntarios” que la mafia del Gobierno chino secuestra para dar brillo, y esplendor, a la enésima muestra de miseria para con la raza homínida. Hace unos días me rilaba de que nuestros 27 concejalitos aprobaran por unanimidad una moción reclamando a Mr. Jintao más protección de los derechos humanos. Que ahí me lo estoy viendo, al titi: “Albasete desil más lespeto, menda sel ahola paltidalio de la democlasia”. Y, mira tú por donde, estoy por darle la razón a los oliverios, los bayodos y los gualdos: hace falta que hasta el último mindundi se moje el culo en poner en la picota a los de las estrellas amarillas sobre fondo de tela encarnada.
Ahora bien, con la misma, hay que meterle el dedo en la nariz (y podría optar por lugares asaz antihigiénicos y menos amables), a la hipocresía que nos estamos gastando. Que si sólo es deporte, que si menos política, que si más reírse de las tontás de turno que haga el abanderado de cada país. Pues no, repuño. De renacuajo no entendía el boicot soviético a Los Ángeles 84, precedido del boicot yanqui a Moscú 80. Pero no es lo mismo: entonces era un enfrentamiento entre dos gigantes, en el que todo valía para pegarle un pescozón al vecino de enfrente. Hoy no. Hoy es cuestión de derechos humanos.
Hace 40 años, en los Juegos Olímpicos de México, los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos le pegaron un corte de mangas a los traseros acomodaticios de Norteamérica: se enfundaron un guante negro como muestra de desprecio a la política racial (¿o racista?) de su “gran nación”. Veremos si tenemos Smiths o Carlos en este Pekín, tan de marketing y tan de postín, que le canten las vergüenzas al capitalismo de Estado amarillo; y, de paso, a la mitad de los gobernantes del mundo (¡¡juas!!) “civilizado”, a los que se les antoja el trasero bebida gaseosa de extractos (esto es, se les hace el culo pepsi-cola), cada vez que codician el potencial mercado de los 1.200 millones de pares de ojos rasgados dispuestos a comprar lo que Papá Estado ordene.
Mi abuelo tenía en el recibidor dos llaveros. Los conoces, fijo. Son un clásico de bar de carretera. Uno decía: “Soy apolítico, lo mismo me dan los de la derecha que los joputas de la izquierda”. El otro, casi igual: “Soy apolítico, lo mismo me dan los de la izquierda que los joputas de la derecha”. Pues, yayo, con tu permiso, te tomo prestada la idea: soy anolímpico, lo mismo me dan (por ahí) los destripaterrones del Gobierno chino que los gaznápiros lameculos de Occidente. Voy a ir la fábrica de llaveros a ver si me hacen uno. Para lucirlo. Ay, Atenas, qué han hecho de ti.
(Sé que os había prometido, en privado, un artículo sobre la séptima legio, el año 217, los kamikazes y mil cosas más. Sorry. A la vuelta de Feria. Hasta entonces, con permiso, me voy de vacaciones. Au revoir!)
Y catapum, chimpún, han pasado tres años desde que se echó el Vaticano a las espaldas. Vaya forma de celebrarlo que tiene el Santísimo: dejándose ese cuerpo serrano y alemán (achtung: tenía seis años cuando Hitler subió al poder), por la tierra del único gran imperio vivo, con permiso de la Nación del Islam: Estados Unidos. Los de América, por si hubiere dudas.
Además de aniversario oficial, el Inquisidor supremo ha cumplido 81 añitos de frescura y lozanía sin igual. Deben ser, son, los años de estudio teológico, la vida de erudito de las cosas de Dios, que es aquello que lo inmaterial vuelve material para que pueda ser aprendido. Ejemplo práctico: un credo se reza en el tiempo en el que se cocina un huevo pasado por agua. Pues eso: vestir de filigrana intelectual unas cuantas verdades indiscutibles que ya quisieran para sí los creadores de opinión (a), o los autores de la propaganda política (b). Que, a lo mejor y después de todo, resulta que (a) y (b) son la misma basura. Léanlo con la boca pequeña, que nunca se sabe quién está al acecho en el café de al lado de la barra.
El inquilino de San Pedro me ha vuelto a dejar medio tibio. Bluff. Le he visto a lo largo de todo el quinto día de la semana (el viernabadingo, como bien lo denomina mi buen y madrileño amigo Krusty), y tenía cierto rayito de esperanza, cierta fe de ex cristiano renqueante. El motivo: las consecuencias posibles del tour por la yankeelandia del bueno de Biendicho. (Adenda: el nombre papal latino del elemento, traducido alla brava, es como el apellido de don Carlos, el presidente de la Plataforma Popular Gay, el mismo que un corte de radio que circula por Internet convierte en verdad el rumor acerca de un gallego que manda mucho en el PP. Qué cosas).
No se me pierdan. Estábamos con Benedictus y su paseíllo con los globetrotters de la Curia. El dieciseisus de los Benitos romanos ha cerrado su glorioso periplo en la “zona cero” de Manhattan. Allí donde dos aviones tiraron por los suelos la imaginería del poder financiero. Y donde 3.000 inocentes pagaron con su vida las batallas de aquellos que nunca conocerán el olor de la sangre derramada. Por algo es irrebatible aquella máxima de que las guerras las organizan unos que se conocen pero que no se matan, y las realizan otros que no se conocen pero que acaban matándose entre ellos. Y si quieres saber más, alístate. Basta con echarle un vistazo a Farenheit 9/11 para saber cómo se las gastan los reclutadores de recursos humanos militares en los iueséi.
Como les decía, tenía cierta gana de ver cómo se las gastaba en la broma nacional dirigida por G.W. Bush el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Lo mismo, pensé, le da por pegarle un tirón de orejas: oye, tito, mira que te digo, en Irak ya han caído tantos como en tus queridas Twin Towers, y ya no te tiembla el pulso como aquel fatídico martes, cuando estabas leyendo un libro de cuentos infantiles. Y lo leías ¡del revés! Ibas fino, fino. Vaya chutazo que te dio la noticia: “América está siendo atacada”.
Lo mismo, se me ocurrió al ver las imágenes del Papa en la ONU, le recuerda al vaquero texano que su país se ha saltado a la torera taytantas resoluciones de las Naciones Unidas que le piden a Israel que relaje la pestaña. O le mete en la llaga del costado el molesto recuerdo de la 1441, de la que se escojonciaron cuanto quisieron los amigos de la guerra y algún que otro difunto actor, que en paz descanse, que confundía el onanismo con la Asociación del Rifle.
Y no. Ratzinger va y se despacha con un rezo “por los que fallecieron y por los que sufren las consecuencias de la tragedia que tuvo lugar en 2001, y por Estados Unidos, para que el futuro traiga una mayor solidaridad, un creciente respeto recíproco y una renovada fe”. Ahí, con un par. Como ha acostumbrado a hacer la de Babilonia desde hace 1.695 años, cuando descubrió en Milán qué podía pasar si alguien se ponía del lado de quien corta el bacalao. Y tan tranquilo. Aquí no ha pasado nada. Con tanto cristiano que se partió la cara, y que se la parte hoy, para combatir las injusticias.
Por si no tenía suficiente, don Joseph se congratula por haber sido “testigo de la fe y la devoción de la comunidad católica de esta nación”. Fe en la moralina, devoción de carne quemada en cada corredor de la muerte. Y esto era el amor al prójimo como a uno mismo.
Eso, Benedicto. Tú, a lo tuyo. No vaya a ser que alguien te confunda con la saga Bin Laden. De hecho, no lo harán: la familia de Osama tiene infinitas más opciones de influir en la política estadounidense que tú. Business are business. Así que sí. Mejor, sigue rezando.
Compatriotas cubanos. Compatriotas de sangre y patria. Compatriotas que pasasteis –y que seguís pasando– hambre por esa amada Revolusión de salarios en pesos devaluados y exportaciones millonarias en monedas extranjeras veinte veces más fuerte.
Compatriotas todos, digo. Ha llegado el día. Fidel se va. Sí, mi pana. Como lo oíste. Castro no quiere hacerse eterno. Que medio siglo como dictador ya está bien. Ahora es tiempo de dejar paso a las nuevas generaciones. Al aire fresco. Es tiempo, en definitiva, de que un nuevo líder joven, con ideas renovadas para la Isla que tanto amáis, tome las riendas de nuestro führersito cubano.
Y para que veáis cuan ama Castro a todos y cada uno de vosotros, compatriotas, incluidos los exiliados, perseguidos, represaliados, refugiados en Miami, Francia, España, Gran Bretaña y otro largo etcétera, el padre Fidel os deja un futuro esperanzador. Un futuro en buenas manos.
Sí, panitas. El hermanísimo Raúl, de ochenta y tantos, y también más pa´cá que pa´llá, es la savia nueva de este Régimen corrupto. Él es el elegido por méritos propios. Y porque vosotros, compatriotas, así lo habéis elegido libre y democráticamente. Él es la sangre fresca que este país tanto necesita. Y él será a partir de ahora quien tome (las) represalias (con) contra los espías del Imperio yanki. Esos traidores al Ché Guevara y toda la parafernalia que pretenden buscar un futuro, ni mejor ni peor, simplemente un futuro, lejos de la represión y la miseria. Malditos contrarrevolucionarios.
Pero no os dejéis engañar, compatriotas. Chávez, ese gran líder sudamericano, admirado allá hasta donde la pronunciación de su casto nombre llegue, ya lo ha advertido. América, y sus secuaces populistas y faranduleros de la Unión Europea, sólo quieren para vosotros, luchadores hartos de no poder alzar la voz y de pensar por vosotros mismos, una transición controlada hacia la democracia. Los muy fascistas.
Ha llegado la hora, mis panas cubanos. La Historia deberá juzgar a quien hizo del morir de pie a vivir arrodillado tan sólo un lema capitalista para serigrafiar en las camisetas de turistas y en los corazones de aquellos que un día sí soñaron con un comunismo justo y utópico a partes iguales.
La decisión, compatriotas, está en vuestros corazones. Y en vuestro espíritu luchador. En vosotros, pueblo, está seguir los pasos de quien inició una verdadera revolución a bordo del Granma, hoy un planfleto propagandístico típico de régimenes dictatoriales. Y lo está defendiendo, pidiendo, exigiendo, reclamando, la libertad de pensamiento, de opinión, y de poder ciscaros en el puto comandante de mis lereles si hace falta sin ser puestos en la cárcel por traidor a la patria.
Así que compatriotas bolcheviques, he dicho. Vosotros veréis. Un Régimen continuista con un dictador anciano, con otro a la sombra más anciano y más dictador aún, es el paraíso comunista que tanto habéis disfrutado durante estos cincuenta años de miserias y represión. Lo demás, ese invento capitalista de la democracia, son chorradas de Washington y Bruselas. Así que, que no os engañen compatriotas. Para eso ya está Fidel. De lo contrario sería contrarrevolucionario.