En tres retazos

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20090701

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El gendarme de color

Extracto de un artículo de Arturo Pérez-Reverte publicado en 2002, y recogido en su recopilación No me cogeréis vivo.


Esta semana también va la cosa de moros y negros de color. Porque estoy sentado en el café parisién que es uno de mis apostaderos gabachos favoritos, cuando observo algo que me recuerda lo que tecleaba el otro día: un gendarme franchute, negro azul marino, multa al conductor de una furgoneta. Y el multado, untito rubio, y con bigote que parece un repartidor del Seur del Pueblo de Astérix, asiente contrito. Y hay que ver, me digo. Tanto que se habla en España de integración racial. Estamos a años luz, o sea, lejos de cojones. Porque integración es exactamente esto: que un guardia negro ponga una multa, y que el conductor baje las orejas. Y aquí paz y después gloria.

Me imagino la escena en España. Y me parto. Ese guardia municipal negro que dice ahí no puede aparcar, caballero, o no se orine haciendo zigzag en la acera, o haga el favor de no pegarle a su señora en mitad de la calle. Y la reacción del interpelado. ¿A mí me va a decir un negrata de mierda dónde puedo aparcar o mear o darle de hostias a mi señora? Venga ya, hombre. Vete a la selva, chaval. A multar en un árbol a la mona Chita. O metidos en carretera, en la nacional IV por ejemplo, ese guardia civil que se quita el casco y aparece la cara de un moro del Rif diciéndole al conductor oiga usté, acaba de pisar la continua. Documentación, por favor. No veas la reacción del fulano del volante, y más si lleva una copa de más y va a gusto. ¿A mí? ¿Pedirme un moro cabrón los papeles a mí? ¿Y que encima sople? Anda y que le soplen el prepucio los camellos de su tierra. No te jode el Mojamé, de verde y en moto. Etcétera.

Y sin embargo, ahí está la cuestión. En España, donde la demagogia y el cantamañanismo confunden integración con política y beneficencia, la cosa no estará a punto de caramelo hasta que uno suba a un taxi y el taxista sea de origen peruano, y el guardia tenga un abuelo nacido en guinea, y el médico de urgencias provenga de Larache, y lo veamos como lo más normal del mundo, y por su parte todos esos taxistas, guardias, médicos, funcionarios o lo que sean, dejen de considerar a España un lugar donde ordeñar la vaca mientras están de paso, y la sientan como propia: un lugar donde vivir echando raíces, del mismo modo que otros se establecieron en Gran Bretaña o Francia, y al cabo de una o dos generaciones son tan británicos y franceses como el que más.

(…) Cuando miembros de sus ex colonias o inmigrantes diversos quisieron mudar de condición, a ellas viajaron y en ellas se reconocieron; o en su mayor parte procuraron adoptarlas, para ser también adoptados por ellas. Ese sentimiento de pertenencia, a veces hecho de lazos muy sutiles, se fomenta todavía con una política exterior brillante y con una política cultural inteligente que nadie allí cuestiona en lo básico. A quien acojo y educo, me ama. Quien me ama, me conoce, me disfruta y me enriquece.

Y al cabo ésas son las claves: educación y cultura como vías para la integración. Pero mal pueden educar ni integrar gobernantes analfabetos, oposición irresponsable, oportunistas animales de bellota sin sentido solidario ni memoria histórica. A diferencia de Gran Breaña o Francia, el inmigrante no encuentra en España sino confusión, amnesia, ignorancia, insolidaridad, cainismo. A ver cómo va a integrarse nadie en cinco mil reinos de taifas que se niegan y putean unos a otros. Aquí todo depende de dónde caigas, cómo respire el alcalde de cada pueblo y si la oenegé local está a favor o en contra. Y para eso los inmigrantes ya tienen su propia cultura, a veces vieja y sólida. Así que nos miran y se descojonan. Que primero se integren los españoles, o lo que sean estos gilipollas, dicen. Que se aclaren, y luego ya veremos. Mientras tanto conservan el velo, exigen mezquitas, salones de baile angoleños, restaurantes ecuatorianos con derecho de admisión, y pasan de mandar niños a la escuela. A falta de una patria generosa y coherente que los adopte, reconstruyen la suya. Se quedan al margen, dispuestos a no mezclarse en esta mierda. Y hacen bien.

20080701

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Muy, pero que muy tarde

Gol. Gol. ¡¡Gol!! A ver, si no, con qué palabra les engaño hoy para que sigan leyendo. Hale, pues sí, pues va de fútbol. Quizá no se lo parezca, pero se los juros que sí, que va de balompié, de cultura patria y de todas esas cosas que hinchan los corazones en las resacas de las eurocopas.



Como va de fútbol, permítanme que cometa penalty. Que ya lo entenderán. Digo, al momento presente, que están tardando todos esos, todos esos españolitos de mirada desviada y conciencia social fofa, todos esos que han alentado, consentido, espoleado y aplaudido que los jerifaltes europeos aprueben ciscarse en los derechos humanos de Moustafá, Sulaiman, Víctor Francisco y millón y pico de nuevos vecinos, por el simple hecho de no tener los papeles en regla. Que como todos ustedes saben es un delito que te rilas, un peligro para la seguridad que ni te menees, lorito. Entre un chorizo con recortada y un morito indocumentado, no sé ustedes, pero yo no lo dudo: me echo en brazos del caco, que es un santo al lado del otro. ¿Qué se habrá creído, viviendo en essssPaña y sin una ñorda papel que le acredite? Un aprovechao, fijo.

Están tardando, como digo, todos esos españolitos sin conciencia de clase, sin clases de Historia y sin memoria de pueblo mestizo; todos esos españolitos, y europeítos, que se creen muy importantes y muy señoritos porque tienen dos coches, una pantalla de plasma y un petardo diario en el asiento del curro, lamiendo traseros y agachando orejas, no vaya a ser que me receten las vacaciones sin fin, piensan, los muy tordos; todos esos fulanos de tal y pascual que se han hinchado en los últimos cinco, diez, quince años, a esputar sandeces: papá, me quitan el curro; mamá, me quitan las plazas de guardería; yaya, me quitan las camas del hospital; jopetas, me quitan las becas, y trafican con drogas, con armas o con mujeres. Y huelen mal. Y no se adaptan. Y erre que erre: qué se habrán creído, estos negros, estos sudacas, estos moracos.

Tardan, están tardando, y no van a reaccionar. Ni siquiera se dan cuenta. No se imaginan que pueda ir con ellos. Y además es que no tienen ni repajolera idea. “Que vengan, pero con papeles”, exabruptan. Venga, vale. Muy bien, chaval, te reto, te reto una y cien mil veces, a que salgas de España y trates de entrar, como si fueras extranjero, con los papeles en regla. A ver si puedes, listo. Porque va a ser que no, primo. Mira por dónde. Va a ser que venir como currito es decididamente imposible según de qué país procedas, y según qué es lo que sepas hacer. Pero es que, chato, allí o te mueres de hambre o te pegan un tiro. Qué dices. Venga, hombre, qué dices. ¿A que te quedas esperando tan ricamente? Pues no, claro: te buscas las habichuelas como sea y te embarcas en lo primero que pilles, se llame patera, camión o Aerolíneas Bolivarianas, y echas los dados a ver si sale siete. Total, a peor ya es imposible.

Dale. Ya estás en España. Y ahora viene otro espabilao a decirte que curres, pero legal. Vale, nene. Te cuento por encima: un empresario decide que necesita un puesto y que lo va a cubrir Boris, recién llegado y que, rediós, es ingeniero como no hay par. Pasos a seguir: consultar al INEM si hay nacionales para ese puesto; si la respuesta es negativa (cuando le llegue, que esa es otra), decirle al menda que sí, que se vuelva a su país, y que ambos, empresario y currante, se pongan de acuerdo a través de embajadas, consulados y similares. Total: seis mesecitos de nada. Que, como todo el mundo sabe, es un tiempo más que “prudencial” para la ley de oferta-demanda en el mercado de trabajo, en los tiempos globalizados que dicen que vivimos. ¿Globalizados? De pelotas. No será para la mano de obra, no. No precisamente.

No sé en qué parte del relato se parten ustedes el ojal. Yo desde el primer paso, ese de consultar al INEM (sorry, ahora se llama SPEE), si hay nacionales dispuestos. Pero, chorra, ¿no será mejor que un trabajo lo haga el más preparado, y no el que haya tenido la potra de nacer en un país? Cuidadín, que así empezó Adolfo en Alemania, años 20, y ya sabemos cómo acabó. Mientras, hay quien sigue tardando. Demasiado.

¿En qué tardan tanto algunos? En saber, ahora que están con los ojos llenos de pan por el golito (no fue golazo, no odamos la marrana) de Torres, y las dos o tres palomitas de Iker, que si su egoísmo, insolidaridad y putrefacción intelectual fueran aplicados por igual en todos los campos, Marcos Senna tendría que estar enchironado en un centro de acogida. Pero, claro, siempre ha habido clases. ¿Será eso, será que hay clasismo, en lugar de racismo? ¿Será que molesta más el pobre que el extranjero? Pues a lo mejor el siguiente paria es usted. ¿Piensa seguir tardando? Usted mismo.

Publicado el 1 de julio. Página 5.

20080617

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Pan y dignidad

Yo diría que nos hemos vuelto tarumbas. Una vez más. Allá cada cual, que es mayorcito y sabe lo que se hace, pero la psicosis colectiva en las gasolineras, alimentada además por la mala leche de la especulación con el petrodólar, es de juzgado de guardia. Ya nos vale, camaradas. Estamos dejando el sentido común, y juro que no pretendo hacer una rima fácil, a la altura del betún.



Hablando de sustancias que arden, mi menda prefiere encenderse por el jetamen que le echan los ministros de Trabajo europeos. O quienes les mandan, que son quienes les ponen la pasta vía comisiones y luego se rajan en brazos de papá Estado cuando las vacas flaquean un pelín (basta con que bajen del 30% de incremento del beneficio anual para que se echen a temblar, animalicos).

Visto que la vieja Europa no tiene ni la más mínima idea sobre cómo competir vía I+D+i, se han decidido a legitimar la vieja práctica de las horas extraordinarias. Leña al mono. Estudian si se amplía o no a 65 horas semanales el máximo de jornada laboral. Y en esta España de berzotas podemos darnos, ¡¡por una vez!!, con un canto en los dientes. Damas y caballeros, encabezamos la oposición a semejante dislate de la legislación laboral. Eso sí, también somos líderes en sudores no reconocidos, con lo cual no sé yo qué es mejor.

Ése es el debate: que se ponga luz y taquígrafos sobre una costumbre que es moneda de cambio habitual, o que se impida a toda costa dar carta de naturaleza a algo que per se es una perversión de las normas de juego que estableció el socialismo democrático para el Welfare State. Ni les cuento cómo le afecta esto al gremio informativo. Y al de los taxistas. Y al de los hosteleros. Y al del comercio. En fin, a cuál no en la España de colmillo retorcido y productividad a base de agachar el lomo.

Me parece digno de consideración, loable incluso, que cierto sector de la política se plantee barnizar de seguridad jurídica las dos situaciones por antonomasia de las horas extraordinarias, a saber: uno, la sobreexplotación en una o varias empresas, sin remuneración o con pagos en especies; dos, la disposición a título particular de más tareas, bien por capacidad profesional (caso de tantos leguleyos, escritores y demás semiburguesía liberal), bien por necesidad puramente fiduciaria (caso de los mileuristas, ochocientoseuristas o seiscientoseuristas, victoria española por goleada). Ahora bien, esa dotación de garantía jurídica no puede esconder, precisamente, las múltiples perversiones que se han tenido que dar la mano para llegar a esta situación límite: escaso margen de autocorrección del mercado, que además en el terreno laboral no goza precisamente de la misma libertad que en el financiero o el comercial (véase las limitaciones nacional-retrógradas a la mano de obra inmigrante); abuso de los incrementos en los márgenes de beneficios por vía de la contención salarial a perpetuidad; escasa adaptación de las estructuras productivas a soluciones de futuro; e incapacidad por parte de las instituciones continentales para recuperar las esencias de la Europa surgida del pacto social.

Hemos llegado al siglo XXI y sólo nos ha servido para que, de dicho pacto, no queden ni los guisantes. No. Aquí ya no hay pacto que valga, sólo la dentellada pura y dura. Hender el colmillo en el trozo más grande posible del pastel, y hacerlo sin mirar al vecino de al lado, que tiene el mismo miedo que cualquiera a quedarse sin manduca; y sin concesiones al que tiene menos capacidad adquisitiva y laboral, que ése tiene aún más hambre y por descontado resulta peligroso.

De ahí que, encima, esta Europa fofa y aburrida suelte un dineral en directivas de seguridad: para frenar al paria, al indigente, al indocumentado, al que no se conforma con morirse de hambre allí donde los recursos son esquilmados por nuestros amigos del otro lado del Atlántico, con la complicidad silenciosa de sus colegas, que somos nosotros. Matones made in USA y justificadores fait a l’Europe, contra los Muhammad y los Moustafa del barrio vecino pero pobre. Así nos va. Qué lástima. Qué vergüenza.

Miedo. Tanto miedo tenemos que, al final, puestos a dejar que cualquier mindundi con cartera ministerial pisotee los derechos conquistados con la sangre de nuestros bisabuelos, corremos a la gasolinera de la vuelta de la esquina, por si mañana no llega el camión cisterna. Qué más da si mañana alguien no llega al hospital porque, maldita sea, tenía otros quehaceres “el-día-de-llenar-su-depósito”. Ése no es mi problema, pensamos todos en comitiva, mientras rumiamos aquello de “estos machos cabríos, con lo que ganan, y nos cobran el gasóleo a precio de oro”.

Es que está a precio de oro, queridos, igual que los cereales. Igual que los derechos, que también son ya carne de especulador. Igual que la libertad. Y más caro que se pondrá el pan, y la dignidad, mientras no se nos quite el pavo de encima.

Publicado el 10 de junio. Página 5.