Artículos de Alfonso Piñeiro, publicados o impublicables
En tres retazos
Al mismo que me condena Articulos de Alfonso Piñeiro, publicados en cualquier soporte, con memoria o sin fortuna, que llegaron o que no quisieron quedarse... y algún experimento de periodista que busca su espacio en la red
ContraTitulares Primera experiencia blogger. Única referencia durante mucho tiempo con ese término en Google. La aventura terminó cuando dejé Madrid por Albacete... pero cualquier día regresará
Hoy dedico la entrada al buenazo de Manuel Ureste. No es que te quiera tanto, primo, es que ando sin tiempo (ya ves, casi un mes sin actualizar el blog).
Te comento. Apunta. Échate al carro de la compra próximo dos botellas de cava. A pesar de la crisis, lo peor está por llegar, así que malo sería que no tuvieras dos míseros billetes para comprar un par de botellas, que a razón de cinco pavos ya encuentras espumosos de canalla trajinera. Total, tampoco notarás una diferencia abismal si, por ejemplo, estás apuntado a la moda de esa infamia del lambrusco, el britnispirs de los vinos: chispeante, y con cuerpo bailón, pero con paladar de marketing.
Ponlas a enfriar. Pero bien frías. Y resérvate estas dos fechas para abrirlas: la primera, cuando te vayas a la puñetera calle; la segunda, cuando rehagas tu vida en el sector de las energías renovables; o en el de la biomedicina, que es lo que el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) acaba de recomendar a Europa, y sobre todo a España, para recuperarse del megafostión del ladrillo.
Mira tú por donde, va a resultar que Albacete con su solana, su Facultad de Medicina (con ex decanos asaetados y todo), su TLP para los chachiguais de los pilotos de la OTAN, y toda la vaina que se cuece en los congresos de la política, se va a convertir de aquí a 2050 en capital universal de la economía dinámica. Lo que yo te diga.
En lo que pasa entre que descorches la primera y abras la segunda, si por el camino no te han vaciado la nevera los cuatro millones de parados que va a dejar como herencia la egolatría de los créditos inmobiliarios, quizá tú, yo, y los cuarenta millones de santurrones que hacemos este país, nos demos cuenta de que no es plan de volver a hacer el canelo. De comérnoslas hasta que nos ha ido mal, y entonces poner a lamérnoslos.
No hace falta que te diga comernos las qué, y lamernos los qué: ya somos mayorcitos, aunque a veces no lo parezca; como cuando nos embarcamos en sopotocientos millones con la bazofia argumental de “que sí, que es una inversión, que nunca baja”. Pinchazo es a gatillazo lo que esta crisis a disfunción: mucho tiempo sin diagnóstico, y ahora pretendemos que se infle solo. No padre. No madre. No.
Te cuento el caso de un empresario. De nombre... Ferràn, por ejemplo, que suena cataluzo, como el cava. Se dedica a cualquier cosa relacionada con poner edificios en pie. Seguro que en su día contaba con 200 empleados, y una flota de vehículos que ni Briatore en los años buenos de Alonso. Hoy, Ferràn no pasa de los 20 curritos y no alcanza más que una quinta parte de la producción que necesita para cubrir gastos; su flota se reduce a dos fragonetas y un viejo diablo sobre ruedas, en el que además lleva a sus chiquillos al club de campo en las mañanas de domingo, mientras añora los lustros del Mercedes Q-P (coupe), con zapatos lustrosos y lustre de Torrente en la sesera. Aquí ha chegado el alma de la fiehta, y el Fary es Dios.
Ferràn tiene poca culpa, incluso cuando se emborrachó con cava (con qué si no), para celebrar la apertura de su nueva nave. Hablando de cava y de culpas, los catalanes tampoco tienen culpa, mal que le pese a los fantasmas de Pedro Jota Calvorota. Y menos aún tiene el empleado de la cecéme que en su día le soltó guita a Ferràn, para el chalet del primo segundo del ex cuñado de la tía Mari Trini. Pero mira nene, entre todos la mataron y ella sola se murió: ella, la economía de esta España acostumbrada a sobrevivirse en el cainismo, el ajusticiamiento de los nobles de corazón y la fusta de los nobles de carné.
Así que, puestos a morir, mejor morir con las burbujas puestas. De la burbuja vienes y en burbuja te convertirás, rezá el libro de cabecera de Martinsa-Fadesa. Con él hemos rezado durante diez años casi sin darnos cuenta, y ahora nos entra el típico complejillo moral del autocastigo: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Sí. Sí. Por nuestra culpa. “No puede seguir subiendo”, cuchichéabamos en el bar; “a ver si pillo la siguiente ganga”, presumíamos delante de los colegas. Queríamos ser leones alados y hemos quedado como enanos de circo. Nos conoce todo el mundo. Por pringaos.
A ver si es verdad aquello de una y no más, santo tomás, salvo para abrir las dos botellas propuestas. De momento ponlas a enfriar, y no sufras demasiado por la espera: al paso que vamos, la primera caerá antes de diciembre. Si Solbes dice que la cosa está “grave”, es para atarse los machos. Allá tú. Yo ya he pasado por el súper. Por si acaso.
Gol. Gol. ¡¡Gol!! A ver, si no, con qué palabra les engaño hoy para que sigan leyendo. Hale, pues sí, pues va de fútbol. Quizá no se lo parezca, pero se los juros que sí, que va de balompié, de cultura patria y de todas esas cosas que hinchan los corazones en las resacas de las eurocopas.
Como va de fútbol, permítanme que cometa penalty. Que ya lo entenderán. Digo, al momento presente, que están tardando todos esos, todos esos españolitos de mirada desviada y conciencia social fofa, todos esos que han alentado, consentido, espoleado y aplaudido que los jerifaltes europeos aprueben ciscarse en los derechos humanos de Moustafá, Sulaiman, Víctor Francisco y millón y pico de nuevos vecinos, por el simple hecho de no tener los papeles en regla. Que como todos ustedes saben es un delito que te rilas, un peligro para la seguridad que ni te menees, lorito. Entre un chorizo con recortada y un morito indocumentado, no sé ustedes, pero yo no lo dudo: me echo en brazos del caco, que es un santo al lado del otro. ¿Qué se habrá creído, viviendo en essssPaña y sin una ñorda papel que le acredite? Un aprovechao, fijo.
Están tardando, como digo, todos esos españolitos sin conciencia de clase, sin clases de Historia y sin memoria de pueblo mestizo; todos esos españolitos, y europeítos, que se creen muy importantes y muy señoritos porque tienen dos coches, una pantalla de plasma y un petardo diario en el asiento del curro, lamiendo traseros y agachando orejas, no vaya a ser que me receten las vacaciones sin fin, piensan, los muy tordos; todos esos fulanos de tal y pascual que se han hinchado en los últimos cinco, diez, quince años, a esputar sandeces: papá, me quitan el curro; mamá, me quitan las plazas de guardería; yaya, me quitan las camas del hospital; jopetas, me quitan las becas, y trafican con drogas, con armas o con mujeres. Y huelen mal. Y no se adaptan. Y erre que erre: qué se habrán creído, estos negros, estos sudacas, estos moracos.
Tardan, están tardando, y no van a reaccionar. Ni siquiera se dan cuenta. No se imaginan que pueda ir con ellos. Y además es que no tienen ni repajolera idea. “Que vengan, pero con papeles”, exabruptan. Venga, vale. Muy bien, chaval, te reto, te reto una y cien mil veces, a que salgas de España y trates de entrar, como si fueras extranjero, con los papeles en regla. A ver si puedes, listo. Porque va a ser que no, primo. Mira por dónde. Va a ser que venir como currito es decididamente imposible según de qué país procedas, y según qué es lo que sepas hacer. Pero es que, chato, allí o te mueres de hambre o te pegan un tiro. Qué dices. Venga, hombre, qué dices. ¿A que te quedas esperando tan ricamente? Pues no, claro: te buscas las habichuelas como sea y te embarcas en lo primero que pilles, se llame patera, camión o Aerolíneas Bolivarianas, y echas los dados a ver si sale siete. Total, a peor ya es imposible.
Dale. Ya estás en España. Y ahora viene otro espabilao a decirte que curres, pero legal. Vale, nene. Te cuento por encima: un empresario decide que necesita un puesto y que lo va a cubrir Boris, recién llegado y que, rediós, es ingeniero como no hay par. Pasos a seguir: consultar al INEM si hay nacionales para ese puesto; si la respuesta es negativa (cuando le llegue, que esa es otra), decirle al menda que sí, que se vuelva a su país, y que ambos, empresario y currante, se pongan de acuerdo a través de embajadas, consulados y similares. Total: seis mesecitos de nada. Que, como todo el mundo sabe, es un tiempo más que “prudencial” para la ley de oferta-demanda en el mercado de trabajo, en los tiempos globalizados que dicen que vivimos. ¿Globalizados? De pelotas. No será para la mano de obra, no. No precisamente.
No sé en qué parte del relato se parten ustedes el ojal. Yo desde el primer paso, ese de consultar al INEM (sorry, ahora se llama SPEE), si hay nacionales dispuestos. Pero, chorra, ¿no será mejor que un trabajo lo haga el más preparado, y no el que haya tenido la potra de nacer en un país? Cuidadín, que así empezó Adolfo en Alemania, años 20, y ya sabemos cómo acabó. Mientras, hay quien sigue tardando. Demasiado.
¿En qué tardan tanto algunos? En saber, ahora que están con los ojos llenos de pan por el golito (no fue golazo, no odamos la marrana) de Torres, y las dos o tres palomitas de Iker, que si su egoísmo, insolidaridad y putrefacción intelectual fueran aplicados por igual en todos los campos, Marcos Senna tendría que estar enchironado en un centro de acogida. Pero, claro, siempre ha habido clases. ¿Será eso, será que hay clasismo, en lugar de racismo? ¿Será que molesta más el pobre que el extranjero? Pues a lo mejor el siguiente paria es usted. ¿Piensa seguir tardando? Usted mismo.
Yo diría que nos hemos vuelto tarumbas. Una vez más. Allá cada cual, que es mayorcito y sabe lo que se hace, pero la psicosis colectiva en las gasolineras, alimentada además por la mala leche de la especulación con el petrodólar, es de juzgado de guardia. Ya nos vale, camaradas. Estamos dejando el sentido común, y juro que no pretendo hacer una rima fácil, a la altura del betún.
Hablando de sustancias que arden, mi menda prefiere encenderse por el jetamen que le echan los ministros de Trabajo europeos. O quienes les mandan, que son quienes les ponen la pasta vía comisiones y luego se rajan en brazos de papá Estado cuando las vacas flaquean un pelín (basta con que bajen del 30% de incremento del beneficio anual para que se echen a temblar, animalicos).
Visto que la vieja Europa no tiene ni la más mínima idea sobre cómo competir vía I+D+i, se han decidido a legitimar la vieja práctica de las horas extraordinarias. Leña al mono. Estudian si se amplía o no a 65 horas semanales el máximo de jornada laboral. Y en esta España de berzotas podemos darnos, ¡¡por una vez!!, con un canto en los dientes. Damas y caballeros, encabezamos la oposición a semejante dislate de la legislación laboral. Eso sí, también somos líderes en sudores no reconocidos, con lo cual no sé yo qué es mejor.
Ése es el debate: que se ponga luz y taquígrafos sobre una costumbre que es moneda de cambio habitual, o que se impida a toda costa dar carta de naturaleza a algo que per se es una perversión de las normas de juego que estableció el socialismo democrático para el Welfare State. Ni les cuento cómo le afecta esto al gremio informativo. Y al de los taxistas. Y al de los hosteleros. Y al del comercio. En fin, a cuál no en la España de colmillo retorcido y productividad a base de agachar el lomo.
Me parece digno de consideración, loable incluso, que cierto sector de la política se plantee barnizar de seguridad jurídica las dos situaciones por antonomasia de las horas extraordinarias, a saber: uno, la sobreexplotación en una o varias empresas, sin remuneración o con pagos en especies; dos, la disposición a título particular de más tareas, bien por capacidad profesional (caso de tantos leguleyos, escritores y demás semiburguesía liberal), bien por necesidad puramente fiduciaria (caso de los mileuristas, ochocientoseuristas o seiscientoseuristas, victoria española por goleada). Ahora bien, esa dotación de garantía jurídica no puede esconder, precisamente, las múltiples perversiones que se han tenido que dar la mano para llegar a esta situación límite: escaso margen de autocorrección del mercado, que además en el terreno laboral no goza precisamente de la misma libertad que en el financiero o el comercial (véase las limitaciones nacional-retrógradas a la mano de obra inmigrante); abuso de los incrementos en los márgenes de beneficios por vía de la contención salarial a perpetuidad; escasa adaptación de las estructuras productivas a soluciones de futuro; e incapacidad por parte de las instituciones continentales para recuperar las esencias de la Europa surgida del pacto social.
Hemos llegado al siglo XXI y sólo nos ha servido para que, de dicho pacto, no queden ni los guisantes. No. Aquí ya no hay pacto que valga, sólo la dentellada pura y dura. Hender el colmillo en el trozo más grande posible del pastel, y hacerlo sin mirar al vecino de al lado, que tiene el mismo miedo que cualquiera a quedarse sin manduca; y sin concesiones al que tiene menos capacidad adquisitiva y laboral, que ése tiene aún más hambre y por descontado resulta peligroso.
De ahí que, encima, esta Europa fofa y aburrida suelte un dineral en directivas de seguridad: para frenar al paria, al indigente, al indocumentado, al que no se conforma con morirse de hambre allí donde los recursos son esquilmados por nuestros amigos del otro lado del Atlántico, con la complicidad silenciosa de sus colegas, que somos nosotros. Matones made in USA y justificadores fait a l’Europe, contra los Muhammad y los Moustafa del barrio vecino pero pobre. Así nos va. Qué lástima. Qué vergüenza.
Miedo. Tanto miedo tenemos que, al final, puestos a dejar que cualquier mindundi con cartera ministerial pisotee los derechos conquistados con la sangre de nuestros bisabuelos, corremos a la gasolinera de la vuelta de la esquina, por si mañana no llega el camión cisterna. Qué más da si mañana alguien no llega al hospital porque, maldita sea, tenía otros quehaceres “el-día-de-llenar-su-depósito”. Ése no es mi problema, pensamos todos en comitiva, mientras rumiamos aquello de “estos machos cabríos, con lo que ganan, y nos cobran el gasóleo a precio de oro”.
Es que está a precio de oro, queridos, igual que los cereales. Igual que los derechos, que también son ya carne de especulador. Igual que la libertad. Y más caro que se pondrá el pan, y la dignidad, mientras no se nos quite el pavo de encima.
O sea, que mintieron. Por mucho que lo quieran disfrazar de verdad a medias, o de exageraciones, o de milonga necesaria para la seguridad, mintieron. Cuatro años después, el Comité de Inteligencia del Senado de EEUU ha determinado que las autoridades de su país potenciaron la invasión de Irak, y para ello “presentaron una imagen a los estadounidenses sabiendo que es equivocada”.
Alguien tenía que dar de comer a Hallyburton y a todos los monstruos de los mejores amigos de sus amigos, y nada mejor que montarse un escarceo repleto de ardor guerrero en donde Cristo perdió el mechero. Es decir, por Bagdad.
A fin de cuentas, todo eran ventajas: una opinión pública anestesiada por el 11-S; un Sadam al que ya se le había tomado el pulso doce años antes; una comunidad internacional que, allende el excomunismo, y aquende el clientelismo, le iba a lamer la punta del zapato; y una superioridad bélica que potencia alguna ha conocido jamás. Guerra teledirigida y con prensa embedded, para asegurar que nadie da una versión discordante. Aunque se llame José Couso.
Lo curioso es que la demostración de la evidencia de ese atentado contra la legalidad internacional, no hace sino anotar un tanto a favor del mismo país que promocionó la masacre iraquí. Capaz de una guerra ilegal, pero también de poner sobre el tapete la manipulación sistemática para que la sociedad estadounidense se pusiera de parte del terror. Y, junto a ella, los gobiernos títeres de una coalición internacional sin parangón: España, Inglaterra, las repúblicas ex soviéticas y unos cuantos gobiernos sin peso en el orden político mundial. Pero supercolegas de los herederos de los invasores de Hanoi, Managua, Ciudad de Panamá, Kabul, Playa Girón, etc.
Que me vengan ahora los minisTrillos de turno, de turno de oficio, a recordarme los “beneficios” que iba a reportar aquella contienda. La dimensión internacional de España, el fortalecimiento de la democracia en los países árabes, la seguridad internacional y la guerra contra el terrorismo. Me horrorizaba entonces, y ahora me asquea, mucho más allá de la náusea. ¿No hay juicio para estos analfabetos de los valores humanos? ¿No hay juicio para estos sátrapas disfrazados de corderos humanitarios? ¿Para estos simpatizantes del horror gratuito? ¿Para estos esbirros que se persignan por la vida y la familia, y se pasan por el forro los derechos humanos de los parias? Para esta gentuza, ¿no hay juicio? ¿No cometieron perjurio y patrocinio del delito?
(Quiere la casualidad que anteayer deshice una caja con ropa medio olvidada. En mitad de las prendas amontonadas, di con una vieja camiseta elaborada por Médicos del Mundo, con el lema que un 15 de febrero de 2003 recorrió millones de gargantas: “No a la guerra”. Los de siempre, los esquiroles del derecho, nos tildaron entonces de bambis. Repetidlo ahora, si podéis. Sinvergüenzas.)
Primero fueron a por los inocentes, pero como él no era inocente, no le importó. Así que, puestos a elegir, chulería texana a un lado, e inviernos en páramos árabes con cobijos derruidos al otro, el Registrador de la Propiedad en funciones atajó por la mitad de la vereda. Y santiguó los pezuños encima de la mesa de su, entonces, líder cósmico. No vaya a ser que, por un ataque de humanitarismo a deshora, Chema me saque de la foto por haberle mentado la madre de Sadam. Que el año que viene, corría entonces el aguerrido 2003, el señor de la Botella elige sucesor imperial, y bastante mili llevo como para matar ahora moscas a cañonazos.
Por mí, como si los bombardean. Dicho y hecho, eso fue lo que pasó, querido, que los bombardearon. Y cayeron como chinches. Todo, dijeron, por un petróleo barato. Me mondo: a 130 pavos el Brent, y subiendo. Todo, por llevar la democracia a ese gran país de Oriente Medio. Me remondo: 30.000 bajas militares estimadas, y 40 veces más en muertes civiles. Atención: cuarenta. Es decir, la barbaridad de los 30.000 militares, repetido 40 veces.
Nasti. Luego fueron a por el amaño electoral, pero como él ya estaba amañado, no le importó. La obstinación de eso que mal llamamos islamismo, o yihaddismo, o salafismo, se había cebado una mala mañana de jueves con casi doscientos operarios. Vidas que acostumbran a aplazar, esconder o simular letras de pago, subsumidos en la miseria del ladrillo que los perros de presa de la especulación llevaban haciendo funcionar siete años. Y, ante esos doscientos silencios, no tuvieron más ocurrencia que ladrar los tres vocablos que, pensaron, les darían el Olimpo de San Jerónimo a perpetuidad: ha sido ETA, ha sido ETA, ha sido ETA.
Tanto se creyeron su cantinela, que no tuvieron reparo en alimentarlo, con todo tipo de retruécanos verbales y alguna que otra alimaña argumental, durante los meses y años venideros. Ha sido ETA; ha sido ETA casi todo; ha sido ETA más de lo que se piensa; ha sido ETA por lo menos la mitad; ha sido ETA fijo en algo; ha sido ETA o habría querido serlo; ha sido ETA porque me sale de los Losantos; ha sido ETA por los Ramírez de El Mundo entero. Y sepan ustedes que policías, guardias civiles, jueces, fiscales, periodistas sin bandera y todos los demás tordos son unos bobos que no se pispan.
Nones. Luego fueron a capitalizar a las víctimas del terrorismo, pero como él tenía capital suficiente (eso creía), tampoco le importó. Perpetraron un desvarío intelectual sin parangón en la historia de la lucha antiterrorista. Hicieron creer a la sociedad que las más de 800 víctimas de esas pulgas infectas que apuntan desde las instituciones, o que aprietan el gatillo en una mala esquina de cualquier preciosa localidad euskalduna, o el botón deflagrador ante cualquier cochambrosa casa cuartel de la Benemérita... que esas víctimas, como decíamos ayer, habían muerto por algo. Y que se les estaba “traicionando”. Por la espalda.
En mala hora alimentaron semejante dislate. Ése es el drama, damas y caballeros: que las 800 y pico víctimas del terrorismo etarra habían muerto, han muerto, precisamente, por nada. Qué más quisiera la inmundicia que tener una causa por la que haber matado. Murieron por nada: no son héroes, no son caídos; no repelieron un ataque, sólo los sufrieron. Por eso son víctimas. Porque de haber sido mártires, Alcaraz no habría presidido la AVT, sino la AMT. Con M de mártires; no con V de Víctimas... y de Vendetta, que es el camino por el que las pasiones encendidas del mejunje patriotero-victimario suelen conducir a las sociedades cegadas por el rencor.
Después fueron a por los medios de comunicación, pero como él no era un comunicador, tampoco lo importó. Así, se consintió que al carca Buruaga lo sustituyera el ultra Urdaci, tan tocado por los ce-ce-o-o que acabó de humorista de tercera fila junto a un crack como Ángel Llácer. Se consintió que en Telemadrid, doña Esperanza le pasara la mano por encima del hombro a profesionales con 25 años de experiencia: no me tratas como quiero, majete, así que tú mismo, pero déjate el sueño infantil de la independencia informativa. Y la de sangre azul por vía matriominal acabó ensartarndo varas rectales en los medios: plumas de plomo que, dicen, ahora andan junto a los primeros desengañados, endilgándole también las cuarenta a la lideresa madrileña. Pocos son los llamados a sobrevivir. Por muy de COPEte que se pongan.
Y, de pronto, los unos, los otros y los de más allá, decidieron que Rajoy no les servía. Fueron a por él... y, entonces, ya era demasiado tarde.
¿Inseguridad ciudadana? Y un pimiento. Lo que hay es paranoia, mucha paranoia. Tanta, que rite tú de los pergeños comebabas de tanto pe(nd)ón negro que anda suelto por nuestras radios de Dios. Paranoia, y miedo. Titulares a punta pala: tenencia ilícita de armas, agresiones a vigilantes de seguridad, agentes del orden sin medios ni recursos... Claro que buena culpa la tenemos quienes firmamos, porque va en el negocio: si no le tocas al ciudadano el bolsillo, le tienes que tocar las pudendas. Eso, o no comerse una miajilla de audiencia.
Ojo, que hablo siempre de inseguridad tal cual la entienden las abuelitas que ven salir a sus nietos; o los padres que empiezan a ver a sus hijas en edad de empolvarse (la cara, o lo que se tercie). Sí, esa inseguridad de clase media enchufada al telediario chusco de las tres. Esa inseguridad no existe.
La que sí existe, en cambio, es fruto de otra inseguridad. La que genera el propio sistema, experto en arrinconar al individuo y alimentar borregos; capaz de apestar al diferente y diferenciar al apestado, mientras se nutre de hordas de encefalogramas cóncavos, más que planos.
Por ejemplo, acudir a diario al misal de las ocho horas de jornal sin saber si tu trasero está a salvo, o si ese día alguien ha colocado una carga explosiva de estrés, con algún ribete de hijoputez añadida, que nunca viene mal al caso. Por ejemplo, echarse una partida de aceite de girasol al carro de la compra, y luego resulta, jate tú, que viene de Ucrania; y como vivimos en una economía global, lo siento mucho chavalote, se nos escapó porque era prioritario vender y que la fábrica no parase. Eso es inseguridad.
Por ejemplo, operar a vida o muerte sin que nadie revise que en tu historial de las últimas 48 horas, acumulas más de 24 de servicio; y que por un mal temblor en un mal momento, te lleves por delante al paciente y te caiga una demanda de las de ciscarte por la pata abajo. Por ejemplo, y sin salir del gremio del quirófano, que tengas a bien buscar la máxima ausencia de dolor en un enfermo terminal, y que un grupúsculo de “legionarios” reconvertidos en no sé qué pantomima de defensa de la vida, te busquen las cosquillas en el juzgado y te arreen hasta en el carné del currículum profesional y de la trayectoria, hasta entonces dilatada y respetable. Eso es inseguridad.
Por ejemplo, que diez chupópteros con parné para fichar a diez mil leguleyos te pueblen la costa de chaletazos, y esquilmen los recursos acuíferos, marítimos y vegetales; y de aquí a unos años, cuando el mal se evidencie, si te he visto no me acuerdo, y todos criando malvas. Por ejemplo, que los fantoches de siempre no traguen con que alguien quiera instruir a los pequeños en los valores constitucionales, esos en los que nunca creyeron más que con la boca chica; y que ahora vayan de objetores de conciencia. Eso. Eso sí que es inseguridad.